·
¿Cuáles
podrían estar dando cuenta de esa mayor prevalencia en inmigrantes frente a adolescentes
nacionales?
La
mayor sintomatología depresiva detectada
en adolescentes inmigrantes que en autóctonos se debe, probablemente, a la
vivencia del desarraigo y a los problemas de inadaptación y exclusión. Los
inmigrantes están expuestos al estrés del asimilacionismo y a situaciones de
rechazo de tonalidad racista y xenófoba. Por ejemplo, la ausencia o lo endeble
de los programas interculturales en los centros escolares deja a los alumnos
inmigrantes en situación de vulnerabilidad a la segregación y a la hostilidad,
con las consiguientes consecuencias psicopatológicas. Estos negativos efectos
aumentan en los casos en que los adolescentes carecen del necesario soporte
sociofamiliar y económico. Cuando los adolescentes disponen en su entorno extraescolar
de suficientes recursos psicológicos y materiales es más fácil preservar la
salud mental.
·
¿Qué
tipo de medidas podrían tomarse, en distintos niveles, para prevenir la
aparición y el desarrollo de la depresión en adolescentes?
A
nivel familiar hay que favorecer la construcción de un clima de respeto,
comunicación, afecto y autoridad responsable, en el que se pueda forjar
gradualmente una personalidad saludable. Con los oportunos matices y
variaciones, cabe decir lo mismo para la escuela. Un ambiente de participación,
disciplina, cordialidad, espíritu de trabajo y valoración de la singularidad
facilita la paulatina maduración del alumno, el descubrimiento de su identidad
y el equilibrado desarrollo de su personalidad. Por esta razón, son
fundamentales los programas educativos interculturales e inclusivos. A nivel
social, hay que demandar mayor inversión en política familiar y educativa, más
responsabilidad mediática y un nítido compromiso con la promoción de la salud
mental, en la que los psicólogos desempeñan un papel esencial.
·
¿Qué
medidas deben tomarse, una vez ha aparecido la depresión en el adolescente, con
el objetivo de afrontar la enfermedad?
Es
necesario realizar un buen diagnóstico, pues se trata de una enfermedad que en
considerables ocasiones pasa
inadvertida, incluso para el propio adolescente. Problemas del sueño, síntomas
somáticos (dolores, alteraciones digestivas, etc.), conductas violentas,
consumo de alcohol u otras drogas, disminución del rendimiento, retraimiento,
etc., pueden alertar de un cuadro depresivo. Tras la oportuna detección y
derivación hacia los profesionales o instituciones de salud mental, con
elección de tratamiento personalizado,
es fundamental contar, para la plena recuperación, con la implicación de
la familia y los amigos del adolescente
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